Cuento sobre un cuadro de Hopper

EL DAÑO YA ESTÁ HECHO


El detective privado Poe suspiró. Tenía en sus manos un buen caso. Miró por la ventana y volvió a suspirar. De repente sonó un fuerte ruido que provenía de la puerta. Se levantó y fue a abrir. Miró hacia fuera pero no había nadie. Cuando iba a cerrar dirigió su vista al suelo y vió un trozo de papel. Lo cogió, cerró la puerta y leyó el papel. Poe levantó las cejas sorprendido. No todos los días recibía un chivatazo del caso que investigaba. Cogió el sombrero al vuelo, agarró la chaqueta y se la puso mientras bajaba las escaleras.  
Mientras caminaba, iba reflexionando sobre su nuevo trabajo. Una millonaria excéntrica, que sospechaba que su marido le engañaba, le pedía su ayuda. Dobló la esquina y entró en el bar. Solo había tres personas: un camarero y un hombre charlando cariñosamente con una mujer pelirroja. El camarero le miró ceñudo.
- Buenas noches- dijo Poe. Nadie le contestó. El detective se sentó en la otra punta de la barra y pidió un güisqui y, disimuladamente miró la foto que le había prestado la millonaria. No había ninguna duda, era él. Se bebió de un trago lo que había pedido y salió. Sacó su cámara e hizo unas cuantas fotos comprometedoras que pondrían en apuros al marido. Miró las fotos, sonrió y se fue a su casa.

Apenas había amanecido cuando volvió al bar y le preguntó al camarero sobre la pareja de anoche. El camarero se puso rojo de rabia, se hizo el ofendido y se fue a la trastienda. El detective puso cien pesetas en la barra. Poe no tuvo que esperar mucho. El camarero salió, seguramente gracias al dinero, y le contó que se les veía juntos desde principios de Noviembre, que siempre que quedaban, el hombre llegaba antes y se quitaba el anillo de casado que tenía en el dedo. EL detective le dio las gracias y se encaminó hacia la puerta. Cuando ya salía, el camarero le gritó que se veían todos lo jueves sobre las once de la noche. Poe volvió a dar las gracias y salió del establecimiento.
Mientras iba hacia su casa pensó que eran mejor los cuernos que los asesinatos.
Abrió la puerta de su casa y se dirigió a la cocina para desayunar. Mientras se preparaba un café, sonó la puerta y, sorprendido de que alguien le llamase  a esa hora, fue a abrir. Aun fue mayor su sorpresa cuando se dio cuenta de que la persona que tenía delante de él era la amante pelirroja.
Con una tímida sonrisa, le preguntó si podía pasar. Él se repuso del asombro inicial y le dijo que sí. La mujer se sentó en el salón y Poe le preguntó si quería café. Negó con la cabeza rechazando el café y  le explicó que venía a decirle que se andase con ojo, que no todo es lo que parece. La mujer se levantó y se fue.
Habían pasado unos días desde aquella extraña visita y Poe estaba revelando las fotos que les había sacado hace ya algún tiempo. Mientras estaba distraído en sus pensamientos, sonó el reloj de cuco que tenía en la pared y pensó: “Las once”. “¡Las once!” exclamó luego. Cogió su gabardina y se fue al bar. Para cuando llegó, el camarero estaba hablando con la pelirroja y su acompañante, el marido de la millonaria. El camarero les dijo algo a lo que ambos asintieron y se fueron los tres a la trastienda. El detective estuvo esperando más de cinco minutos cuando comprendió que algo pasaba. Saltó la barra y abrió de golpe la puerta de la trastienda y lo que vió le dejó helado. En el suelo, entre un montón de plumas del cojín que el camarero había usado para amortiguar el ruido de los disparos, estaba la infeliz pareja con un orificio de bala cada uno en la sien. A lo lejos, se veía al camarero correr por la calle y, suponiendo que ya nada podía hacer por los amantes, cogió una soga que había en un estante y se lanzó en persecución del camarero. Aunque éste le llevaba una calle de ventaja, Poe giró por una callejuela llena de ratas y salió en el momento justo en el que el asesino pasaba por su lado. Con un placaje propio de un jugador de rugby, saltó sobre él y le ató las manos. A lo lejos se veía las sirenas de los coches de policía.


A las diez en punto empezó a sonar su despertador. El detective se levantó, se vistió y salió de casa. Si se daba prisa aún llegaría a tiempo. Cruzó la calle y entró en las dependencias de la policía. Tenía cita para hablar con el camarero. Cuando estuvieron sentados, Poe le preguntó que por qué. El camarero le dijo que era una venganza que tenía que sufrir el marido de la millonaria por quitarle a su por entonces pareja, la amante pelirroja. Entre sollozos le confesó que el solo quería hacer daño al hombre pero que como la mujer pelirroja se interpuso, no tuvo otra opción.
Cuando salió se fue directo al cementerio. Allí encontró a la millonaria, que en ese instante, acababa de enterrar a su marido. Poe se acercó a darle el pésame y le tendió el sobre con las fotos. La mujer lo miró y le pregunto: - ¿Qué hago yo con esto? Ya no lo quiero, mi marido esta muerto.
 El detective se encaminaba hacia la puerta cuando la mujer le llamó y le entregó el dinero por el cual le había contratado. El detective lo aceptó con una inclinación de cabeza y salió del cementerio.
Se acercó al río, prendió fuego al sobre y lo tiró al agua.
Mientras volvía a casa pensó en lo que la mujer pelirroja le había dicho: No todo es lo que parece. Y tenía razón, pero el daño ya estaba hecho.


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