Os voy a contar mi historia
pero antes os preguntaré algo. ¿Creéis en algo, algo poderoso, que decida el
destino de las cosas, algo así cómo la reencarnación? Yo no lo creía hasta el
día de mi muerte. Lo vi todo desde fuera, como lo vería una tercera persona,
sin entrometerme.
Debí ser muy malo como
humano porque me reencarné en un gato, si, un gato, eso mamíferos peludos que
no hacen nada más que comer, maullar y llenarlo todo de pelos. Y yo que pensaba
que con que marcase la X
a favor de la Iglesia
en la declaración de la Renta
y jugase una vez al mes al fútbol con mis hijos bastaba… ya veis lo iluso que
era.
Pues eso, que me reencarné
en un gato. De repente aparecí en un vertedero, lejos de la ciudad. Oí un
crujido, era mi estómago felino, que requería atención, así que decidí
aventurarme a la caza.
Me escabullí del vertedero,
sigilosamente, quizá por mi nueva condición o tal vez por miedo y avancé hacia
la ciudad.
Cuando iba por un estrecho
camino, oí un ruido y vi a un pequeño ratón entre unos matojos. Me preparé,
salté y el pobre acabó en mi estómago, aunque me dio pena después.
Y yo que pensaba hacer cosas
buenas como gato para limpiar mi karma y poder reencarnarme en otra cosa y
empiezo mi nueva vida comiendo seres indefensos.
Cuando llegué a la ciudad
tuve muchos problemas, la gente me quería coger y a poco me atropellan dos o
tres veces.
Acabé en un callejón,
asustado por los humanos. Cuando era humano, las personas no me parecían tan
temibles, y eso que yo era un pelín anti-social.
Bueno, yo pensaba que por
fin estaba tranquilo y en mi momento de relax, no me di cuenta de que una
sombra avanzaba sigilosamente hacia mí y me cogía. Todo se volvió oscuro.
Estaba pensando que me había
muerto y que mi karma gatuno no era especialmente bueno y empecé a quejarme de
lo injusta que es la vida. No llevaba ni medio día resucitado y ya había muerto
otra vez.
Durante ese periodo, me
agobié un montón y estoy seguro de que me podía haber dado un infarto pero
igual al ser un gato no podía ser posible.
De repente se hizo la luz y
menudo susto que me llevé al ver que estaba encarcelado. Ya creía que me había
reencarnado en un mono de circo (que no se que es peor, si ser mono o ser gato)
cuando me dio un pronto y decidí mirar a mi alrededor. No hacía falta ser un
genio para darse cuenta de que estaba en una perrera especial para gatos.
Pasé buenos ratos en aquel
lugar e hice muchos amigos, pero un día un matrimonio con una niña vinieron a
buscar mascota y no se como ni porqué acabé en el asiento trasero de su coche.
Cuando llegué a su
apartamento, situado en un lujoso barrio de Madrid, comprendí al mirarme al
espejo por qué me habían elegido a mí. La verdad es que no era feo para ser un
gato: tenía la piel parda y unos ojazos impresionantes, de esos que los miras y
se te quita el hipo. Pensareis que soy un narcisista pero os equivocáis, solo
me limito a contar la realidad.
La niña no me trataba nada
mal, me puso la cama en el salón y me dio para cenar pescado aunque si tengo
que ser sincero, me supo mejor aquel ratoncillo.
La primera noche recibí una
grata sorpresa, había partido y la verdad es que yo siempre he sido muy forofo
del fútbol. Jugaba el Madrid contra el PSG la final de la Champions,
competición que ganó el Madrid (la Décima) con tres tantos a favor gracias a la BBC sobreponiéndose al único
tanto del PSG, anotado por Marco Verratti, eso si, un golazo.
Había pasado mucho tiempo
desde mi llegada a aquella casa. Un buen día, hallándome solo, escuché la
siguiente conversación entre dos palomas:
- Pues a mí me parece bien.
- Pero a mí no.
- ¿Tienes algún plan mejor?
- No…
Y viendo lo desesperadas que
estaban, decidí ayudarlas.
- Buenos días, no he podido
evitar oír su discusión y me preguntaba
si podría ayudarlas de alguna manera.
- Hombre, pues la verdad es
que no nos vendría mal una tercera opinión. Verá pertenecemos a una
organización de palomas de Madrid que lucha por que los humanos nos respeten y
nos valoren y como medida, se va a proponer en la asamblea que todas las palomas
de Madrid nos vayamos para fastidiar a los humanos.
- Pero eso no fastidiaría a
los humanos, más bien todo lo contrario porque la verdad es que les da igual
que no haya palomas - objeté yo-.
- ¡Lo ves lista! – le dijo
una a otra-.
- ¿Y que sugiere nuestro
amigo felino? - me preguntó la otra-.
- Bueno, yo se que a los
humanos lo que más les molesta de las palomas son vuestros excrementos, así que
esa podría ser vuestra arma maestra.
- Ya pero nosotras no
podemos defecar cuando queramos- objetaron-.
- Pero para eso existen los
laxantes.
Pasé la siguiente media hora
explicando su uso y planeando una revolución contra los humanos, a la que
llamaríamos “La Revolución
de las Palomas”. Cabe decir que fue un éxito absoluto.
Así me convertí en su líder
revolucionario, en parte por aburrimiento, en parte por diversión pero nos os
puedo negar que aprovechara esta situación para limpiar mi karma para mi
siguiente reencarnación. O eso pensaba yo, porque para cuando me di cuenta
tenía el karma tan negro que tuve que hacer otras cosas buenas. Por lo visto
ayudar a las palomas con su revolución para fastidiar a los humanos, no limpia
el karma.
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